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El inicio del Ministerio Médico de HCJB y la creación del Hospital Vozandes Quito *



Paul W. Roberts


(1)

* Artículo basado en la publicación: Roberts PW. El comienzo del Ministerio Médico de HCJB. En: Hospital Vozandes Quito – 50 años (1955-2005). Quito:

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Ediecuatorial; 2005: 47 – 74.


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NonCommercial-NoDerivs

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Resumen

El Hospital Vozandes Quito se inauguró el 12 de octubre de 1955. La historia de su origen se remonta al comienzo del Ministerio Médico de HCJB en Ecuador, cuando Clarence Jones, Reuben Larson y Stuart Clark, fundadores de la radio estación, habían previsto la creación de un Albergue Indígena y Dispensario. En este manuscrito, el Dr. Paul W. Roberts, fundador del Hospital Vozandes, narra sus vivencias desde que en 1946 conoció a Clarence Jones y decidió ser médico misionero; pero con un sueño dado por Dios, mucho más grande y significativo: cons- truir un hospital moderno, bien equipado, para atender a los necesita- dos en el nombre de Jesús.

3.0 Unported License


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1 Médico honorario, Sunnybrook Health Sciences Centre, Toronto-Canadá. Médico honorario, Hospital Vozandes Quito. Cónsul honorario de Ecuador en Toronto-Canadá


Correspondencia:

Dr. Paul Roberts Dobson

E-mail: drpwrmd@rogers.com


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Palabras clave: Prestación de servicios de salud, Historia, Hospitales, Latinoamérica, Ecuador


Forma de citar este artículo: Roberts PW. El inicio del Ministerio Médico de HCJB y la creación del Hospital Vozandes Quito.

Rev Med Vozandes 2012; 23: 131 – 146.


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Abstract

The beginning of HCJB Medical Ministry and the creation of Vozandes Hospital


Vozandes Quito Hospital opened on October 12, 1955. The history of its origin dates back to the beginning of the Medical Ministry of HCJB in Ecuador, when Clarence Jo- nes, Reuben Larson and Stuart Clark, founders of the radio station had plans to create a small indigenous shelter and clinic. In this manuscript, Dr. Paul W. Roberts, founder of Vozandes Hospital, describes his experiences since 1946 when he met Clarence Jones and decided to become a medical missionary, but with a God-given dream, much larger and significant: to build a modern hospital, well equipped to take care of the poor people in the name of Jesus.

Keywords: Delivery of health care, History, Hospitals, Latin America, Ecuador.



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El inicio del Ministerio Médico de HCJB y la creación del Hospital Vozandes Quito

Roberts P.


Fue Director Médico Asociado de Crown Life Insurance Cia. (1961-1966). En el Sunnybrook Health Sciences Centre de Toronto ha sido Médico tratante (1967-1988), Médico asociado (1988-1994) y Médico honorario (desde 1994); Vicepresidente del Departamento de Medicina Familiar (múltiples veces desde 1968), Presidente del Comité de Relaciones Públicas (1970), Director de la Clínica para Enfermedades Venéreas (1975 – 1980), Presidente del Comité de Desastres (1976 – 1980), Jefe Médico de la Sala de Trauma (1985 – 1987) y Jefe del Departamento de Medicina Familiar (1987 – 1988). Además, pro- fesor en el Departamento de Medicina Familiar de la Facultad de Medicina de la Universidad de Toronto. También es Médico honorario del Hospital Markham Stouffville en Ontario (desde 1997) y Médico honorario del Hospital Vozandes Quito.


Cumplió como Organizador y Coordinador de Educación continuada y Postgrado, a pedido de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Central y la Sociedad Ecuatoriana de Ortopedia y Traumatología, con la colaboración de la Universidad de Toronto, el Colegio de Médicos Familiares del Canada y la Canadian International Development Agency (1973 – 2000).



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Dr. Paul W. Roberts Dobson

Nacido en Londres - Inglaterra, el 20 de Marzo de 1.923. Doctor en Medicina, graduado en la Universidad de Toronto-Canadá (1947) y en la Universidad Central del Ecuador (1951). Médico de la Misión de la emisora HCJB en Quito y Director del Departamento Médico (1949 – 1960). Fundador del Hospital Vozandes Quito (1955) y Presidente Internacional del Proyecto Vida des- tinado a modernizar y ampliar el hospital (1992 – 1996).


Cónsul honorario del Ecuador en Toronto (1967 – 1986 y 2002 a la fecha) y miembro del cuerpo consular en esa ciudad desde 1986. Fue condecorado por el Estado Ecuatoriano con la Orden Nacional “Al Mérito” en el grado de Comendador (1990) y por el Consejo del Distrito Metropolita- no de Quito con el galardón al Mérito Científico (2008). Median- te Decreto Ejecutivo obtuvo la nacionalidad ecuatoriana por naturalización (2002).


Recibió la Medalla del Jubileo de Oro de la Reina Isabel II por su significativa contribución para Canadá (2002); así como el diploma honorario de Doctor en Teología, por el Trinity College and Seminary de Manipur-India (2010).

Es Miembro vitalicio del Colegio de Médicos Fami- liares de Canadá, Miembro emeritus del Colegio de Médicos y Cirujanos de Ontario, Miembro vitalicio del Ateneo Ecuatoriano, Miembro honorario del Club Rotario de Guayaquil, Miembro Benefactor de la Junta de Beneficencia de Guayaquil. Fue nombrado Miembro Benefactor de la Sociedad Ecuatoriana de Ortopedia y Traumatología; en el 2000 el XI Curso Internacional de Ortopedia y Traumatología de la SEOT-Pichincha llevó su nombre.


Además, es Miembro del Christian Children’s

“Cuando Dios va a

hacer algo maravilloso comienza con algo difícil; pero cuando Dios va a

hacer algo sumamente maravilloso, comienza con algo imposible”.

Fund of Canada y otras institucio- nes de carácter benéfico. Fundó Friends of Ecuador (Amigos del Ecuador) en Ontario como una entidad sin fines de lucro y es Presidente de su Comité. Desde 1997 hasta la presente fecha, el Comité Amigos del Ecuador ha enviado al país 68 contenedores marítimos de equipos hospitalarios y escolares.


Entre sus publicaciones se destacan uno de los primeros estudios sobre el uso de penicilina para tratar el

Mal de Pinto (Bol Oficina Sanit Panam 1953; 35: 542-55), el texto Useful Procedures in Medical Prac- tice (Philadelphia: Lea and Febiger; 1986) en los idiomas Inglés, Turko y Chino; y otra serie de artí- culos en revistas médicas canadienses.


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Introducción

Cuando en 1946 era estudiante de Medicina en la Univer- sidad de Toronto - Canadá, tuve el gusto de escuchar al Dr. Clarence Jones predicando en nuestra iglesia; foto 1. Su mensaje resultó ser un desafío tan poderoso que decidí dedicar mi vida a ser misionero médico [1].


Más tarde, tuve la oportunidad de charlar con él y compartió conmigo su sueño de establecer un albergue indígena en la carretera Panamericana (ahora avenida 10 de Agosto), cerca de la radio de onda corta internacional llamada “La Voz de los Andes” de HCJB, que en 1931 Clarence W. Jones, Reuben Larson y Stuart Clark habían fundado en Quito- Ecuador [2].


Este albergue serviría como dispensario para los habitantes de la zona que transitaban la carretera diariamente. Además, en ese momento se requería de un médico para atender las necesidades del grupo de misioneros de La Voz de los Andes y otras misiones evangélicas.


Pero como joven médico, yo tenía un sueño dado por Dios, mucho más grande y significativo: construir un hospital mo- derno, bien equipado, para atender a los necesitados en el nombre de Jesús [1, 3].


El Albergue Indígena y Dispensario HCJB

En esa misma época el Dr. Harry Rimmer, originario de California y que era la voz misionera en el programa de radio “Morning Cheer” en Filadelfia, estuvo en Quito y visitó La Voz de los Andes. Al conocer sobre el deseo de comprar una propiedad para construir un albergue indígena, ofreció recaudar los cuatro mil dólares requeridos para adquirir un lote con casa de adobe situado en la actual avenida 10 de Agosto, cerca de HCJB. En esta tarea fue apoyado por el Dr. George Palmer, director del mismo programa radial.

En junio 1947 me gradué de médico en la Universidad de Toronto y fui con mi esposa Barbarita a Filadelfia, para cumplir mi internado en el hospital afiliado a la Universidad Temple. Tenía mucho interés en ir a Ecuador como misionero, aunque sabía que no existía convalidación de estudios entre Ca- nadá y Ecuador. Para poder ejercer mi profesión médica en Ecuador tenía que revalidar mi título canadiense, todo ello en español, idioma del cual no sabía ni una sola pa- labra. Eso me parecía un obstáculo imposible de superar, pero alguien me dijo: “Cuando Dios va a hacer algo ma- ravilloso, comienza con algo difícil; pero cuando Dios va a hacer algo sumamente maravilloso, comienza con algo imposible”.

Tomé en cuenta las promesas de Dios. Barbarita y yo nos sentimos llamados a servir en el Ecuador. La misión HCJB nos aceptó y así llegamos a ser los primeros misioneros mé- dicos en la historia de las misiones evangélicas en Ecuador.


En 1948 tuvimos el gusto de encontrarnos en Filadelfia con el Dr. Harry Rimmer y de conocer al Dr. George Palmer, di- rector del programa diario cristiano “Morning Cheer”. Ellos nos animaron y ofrecieron apoyarnos con nuestra obra mi-


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Foto 1. Clarence Wesley Jones. Co-fundador de HCJB.


sionera en todo lo que les fuera posible. Antes de despedirnos de nuestros familiares y amigos de To- ronto y Filadelfia en diciembre de ese año, “Mor- ning Cheer” nos dio un cheque por mil dólares (suma significativa en esos días) y el Taberná- culo Nacional de Washington D.C., me entregó un microscopio binocular para nuestra obra en Quito.


En ese mismo año, la señorita Kathleen Erb, encantadora y competente enfermera cana- diense, decidió acompañarnos a Ecuador y fue la primera enfermera del Departamento Médico de la Voz de los Andes. Asistió igual que nosotros a la Escuela de Idiomas en Medellín - Colombia, donde pasamos tres meses. Después volamos juntos a Quito. Llegamos el 9 de abril de 1949 y muchos misioneros estuvieron en el aeropuerto Mariscal Sucre para darnos la bienvenida. Así empezó una vida llena de bendiciones y experien- cias interesantes en nuestro querido Ecuador [1].

Tan pronto como fue posible, los tres (Barbarita, Kathleen Erb y yo) empezamos nuestra obra mé- dica. Como resultado de los esfuerzos de Harry Rimmer y George Palmer para recaudar fondos, así como después de mucho trabajo y de haber hecho varias reparaciones en la propiedad ad- quirida para el efecto, el 28 de abril de 1950 inau- guramos el Albergue Indígena y Dispensario de HCJB; fotos 2 y 3. En la práctica, el lugar no sirvió


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Foto 2. El “Albergue Indígena y Dispensario HCJB” se inauguró el 28 de abril de 1950, gracias a la visión de los fundadores de HCJB, Srs. Jones, Larson y Clark, y con apoyo financiero de los radio es- cuchas del Dr. Rimmer y Dr. Palmer. El Albergue estaba ubicado en la avenida 10 de Agosto (cono- cida en ese entonces como “la carretera Panamericana”), cerca de La Voz de los Andes de HCJB


Foto 3. El “Albergue Indígena y Dispensario HCJB” funcionó como una clínica para pacientes am- bulatorios. En la fotografía aparecen el Dr. Paul Roberts (centro), la enfermera Kathleen Erb Berry (derecha) y la ayudante Lucille Turner (izquierda).


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como albergue durante la noche, sino como una clínica para pacientes ambulatorios [2].

La Misión había arrendado para nosotros una casa de dos pisos cerca de la emisora y del Albergue. Barbarita y yo vi- víamos en el segundo piso de esta casa, mientras que en el primer piso instalamos nuestra “Clínica Misionera”, dotada con cuatro camas hospitalarias para el uso de misioneros. La cocina del primer piso servía para cirugía menor y partos. Es interesante mencionar que, entre los niños que nacieron allí, los primeros doce fueron varones. Cuando las mujeres indígenas se enteraron de esto, empezaron a pedirme que las atendiera porque querían tener varones. El décimo tercer parto fue una preciosa niña.

Mientras tanto, la parte clínica del Albergue Indígena estaba ocupada. Encargamos su cuidado a una pareja otavaleña, Manuel y Rosa Gramal. Una enfermera y yo acudíamos casi todos los días, atendiendo a las personas que venían en busca de tratamiento. Una de las cinco habitaciones del Albergue sirvió para cirugía menor. Detrás de la casa principal de adobe instalamos dos casas prefabricadas recuperadas luego del terremoto de Ambato (cuadro 1). Cada casita tenía dos pequeños cuartos con dos camas de dos pisos cada uno, lo cual permitía acomodar hasta cuatro personas en cada cuarto. Detrás de todo este conjunto había una casa prefabricada más grande con servicios higiénicos y duchas con agua caliente para mujeres y hombres.

Con el pasar del tiempo, otras personas llegaron a trabajar en el Departamento Médico de la Voz de los Andes, entre ellas, el Dr. Everett Fuller, su esposa Elizabeth y Marjorie Jones (ambas enfermeras), y otras más. Todas contribuyeron en forma magnífica con la obra que iba creciendo. Infortuna- damente es imposible identificar y mencionar a cada una de ellas, de modo que pido disculpas por esta omisión.

En 1950 los Fuller trajeron una camioneta GMC, lo cual permitió empezar visitas médicas rurales que fueron muy importantes en la obra inicial de HCJB. Visitábamos en turno varias misiones, incluido Calderón, Agato (cerca de Otavalo), Picalquí (cerca de Tabacundo y Cayambe), los


Salasacas (cerca de Ambato). Más tarde visitá- bamos Pifo cada semana. Ocasionalmente visitá- bamos a los Colorados, los Cayapas y a la gente del Valle de Colta, cerca de Riobamba.


También visitábamos el Oriente, pero la mayor parte de la obra en esta región fue llevada a cabo por los esposos Fuller y, más tarde por el Dr. Arturo Johnston, su esposa, y la enfermera Verna. El grupo trabajó intensamente y con buen ánimo para empezar una obra médica en el Oriente, que más tarde llegaría a ser el Hospital Vozandes Shell, cerca del Puyo.

De los distintos casos atendidos en esa época, recuerdo que en 1951 nos trajeron desde Papa- llacta una niña de aproximadamente 4 años. Por alguna razón desconocida tenía un área gran- de cubierta de gangrena en el lado derecho de la cara. Estaba muy delgada y severamente deshidratada y despedía un fuerte mal olor de- bido a la gangrena. Era obvio que no podíamos atenderla en el Albergue, y había pocos recur- sos para atender a niños pobres en Quito, que en ese entonces no contaba con el Hospital de Niños Baca Ortiz. Por eso, Barbarita y yo nos lleva- mos a la niña y la pusimos en una cama en la “Clínica Misionera”, en el primer piso de nues- tra casa.

Cariñosamente la tratamos con suero endovenoso junto con los antibióticos que había disponibles en esos días. Desdichadamente, la niñita falleció a los dos días, pero los padres demostraron una gratitud enorme por el cuidado que habíamos prodigado a su hija. Unos días más tarde cuando Jorge Sánchez y yo viajábamos a lomo de mula desde Papallacta hasta el Tena, tuvimos el gusto de visitar a los padres de aquella niña en su chocita cerca de Papallacta. Nos recibieron con los brazos abiertos y conservo como recuerdo una foto de ellos delante de su casita.


Cuadro 1.

El terremoto de Ambato:

ayudar en todo lo posible.

Un día de agosto de 1949 me sentí muy raro. Jamás me había desmayado, pero en esa ocasión pensé que iba a desmayarme. Parecía que el piso se movía y que la lámpara iba a caerse. Poco después supe que había ocurrido un gran terremoto en la provincia de Tungurahua. Lo que yo había sentido era los efectos del terremo- to, aunque el epicentro estaba bastante lejos. ¡Fue mi primera vivencia de un terremoto!


Nuestra enfermera Kathleen Erb y yo empezamos inmediatamente a hacer preparativos para llevar equipos de emergencia al área afectada. Con David Clark al volante de la camioneta, los tres fuimos de inmediato a Ambato. Encontramos un caos increíble: muertos, ataúdes y heridos por todas las calles, gente llorando que nos rodeaba por todos lados. Llegamos a la Clínica del Seguro para ofrecer nuestra ayuda. Conocimos posteriormente que solamente nosotros teníamos equipos portátiles de gasolina para esterilización. Ayudamos en todo lo posible; foto 4.


Aproximadamente a las 11 de la noche hubo otro temblor que resquebrajó el tumbado de hormigón armado de la sala de operaciones del piso más alto del edificio. Luego de ese nuevo movimiento, nadie quiso quedarse en el hospital y todos salieron espantados a la calle.



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Foto 4. El Dr. Paul Roberts atiende a un herido del te- rremoto de Ambato ocurrido el 5 de agosto de 1949.

Pasamos la noche tratando de ayudar a los heridos. También tuvimos la oportunidad de compartir un momento con el entonces presidente de la República, don Galo Plaza Lasso, mientras él hablaba a la nación por medio del transmisor rodante de HCJB que Abraham Van Der Puy había llevado a Ambato. En aquel terremoto perecieron más de cinco mil personas y muchísimas casas y edificaciones, incluida la catedral de la ciudad, sufrieron daños enormes. A la mañana siguien- te, tuve el privilegio de ser el primer médico que acompañó al ejército ecuatoriano cuando entró en la ciudad de Pelileo en busca de sobrevivientes. No encontramos a nadie con vida.


Kathleen Erb y yo pasamos aproximadamente un mes en la provincia del Tungurahua y las áreas cercanas, haciendo todo lo posible para ayudar y alentar a los damnificados. Encontramos muchos casos de fracturas óseas y heridas que nadie había tratado o atendido. Hicimos lo mejor que pudimos.


Mucha gente estaba sin alojamiento porque todo estaba destruido. Se me ocurrió un diseño sencillo para casas prefabricadas, utilizando hojas de aluminio con marcos de madera. Fijamos algunas hojas con tuercas y tornillos y pusimos aluminio co- rrugado como techo. Estas casitas sirvieron mucho en la emergencia.


Cuando pasó el peor momento y se construyeron mejores casas, recobramos algunas de las que ela- boramos y las llevamos al Albergue Indígena en Quito, para ubicarlas detrás de la casa principal del mismo.



Cuadro 2.

Investigación sobre el Mal de Pinto y el Título de Médico en Ecuador.

Aunque yo no tenía mi licencia médica, la Sanidad me había permitido ejercer mi profesión como médico, siempre y cuando atendiera solamente a misioneros y al pueblo indígena sin cobrarles por mis servicios. Para cualquier necesidad legal (recetas para medicinas, certificados de nacimiento, etc.), nuestro buen amigo, el Dr. Carlos Andrade Marín se encargaba de firmar o intervenir por nosotros.


Luego, para obtener mi título de médico en Ecuador, primero tuve que revalidar todos mis documentos canadienses. Cuando todos habían sido entregados y aceptados por la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Central en Quito, lo siguiente fue presentar una tesis original sobre un tema aprobado. Una vez aceptada la tesis, tuve que presentarme para los exámenes finales exigidos por la Facultad. Para familia- rizarme con la práctica de la medicina en el Ecuador y para aprender la terminología médica en español, semanalmente solía pasar visita en la Clínica del Seguro Social y en el Hospital Eugenio Espejo. Tal vez todo esto parece sencillo, pero en realidad requirió de mucho trabajo y preparación.


Decidí hacer mi tesis sobre el tema “La penicilina en el tratamiento del carate o mal del pinto” (también conocido por el nombre “la enfermedad azul”), que era bastante común entre la población indígena


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de la Sierra. Estudié unos 120 casos durante algunos meses, viajando en Jeep cada madrugada con rumbo a la región de San Pedro de Taboada, en el valle de los Chillos. Muy gentilmente los profesores doctores Luis A. León y Leopoldo Moncayo aceptaron ser los directores científicos de mi tesis doctoral y me guiaron paso a paso.


Finalmente sustenté mi investigación ante un público de más de cien personas y en 1951 me fue otorgado el título de Doctor en Medicina por la Universidad Central del Ecuador, con una calificación de diez, equivalente a sobresaliente. Así llegué a ser el primer médico misionero evangélico en alcanzar este título. Fue un honor muy grande. Es interesante cómo Dios puede hacer posible lo imposible cuando una persona sigue Sus pasos y quiere hacer Su voluntad. ¡A Dios sea toda la Gloria!


Posteriormente, en noviembre de 1953, los hallazgos y conclusiones de mi trabajo fueron publicados en el Boletín de la Oficina Sanitaria Panamericana, en ese entonces revista de la Organización Mundial de la Salud. Fue uno de los primeros estudios sobre el uso del nuevo antibiótico, la penicilina, en el tratamiento de esta enfermedad [4].



Foto 5. En 1953 se recaudaron fondos para adquirir el terreno. La fotografía muestra los cimientos del Hospital Vozandes en 1954.


El Hospital Vozandes Quito (Rimmer Memorial Hospital)

Finalmente obtuve mi título médico en la Universidad Central (cuadro 2), mediante exámenes y una investigación (tesis) sobre el Mal de Pinta [4]. Al poder ejercer legalmente mi profe- sión en Ecuador, quise realizar mi sueño de edificar y fundar un hospital misionero moderno y bien equipado, para servir a la gente necesitada. Convencer a los directores de la Misión fue bastante difícil, pero al fin me autorizaron a empezar la campaña para recaudar fondos para este proyecto.


Francamente, creo que no estaban convencidos de que una radiodifusora pudiese emprender una obra médica que podía llegar a ser una respon- sabilidad demasiado grande. Es probable que hayan creído que no era posible. Pero este joven médico estaba convencido de que esa era la voluntad de Dios y pensaba que no podía fracasar si era en realidad Su voluntad.



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En 1952 volvimos a Filadelfia para comenzar seis meses de entrenamiento quirúrgico intensivo. El Dr. George Palmer de “Morning Cheer” me dio una bienvenida calurosa. Me informó que el Dr. Harry Rimmer había fallecido unos meses atrás, pero antes de morir había rogado al Dr. Palmer que él y “Morning Cheer” hicieran todo lo posible para apoyar la obra misionera médica de los Roberts en Quito [1].


Entonces empezó la relación con “Morning Cheer”, la cual me invitó a tomar parte en el programa radial de cada febrero llamado “Missionary Month” (Mes de Misiones), y que consistía en hablar diez minutos en su programa de radio tres veces al día, seis días a la semana durante cuatro semanas, es decir, participar 72 veces durante los meses de febrero. Fue una res- ponsabilidad muy grande pero confiaba en Dios y Él me ayudó en cada ocasión.


Para 1953 ya habíamos logrado recaudar fondos sufi- cientes para comprar el terreno que ocupa el hospital actualmente; foto 5. El Dr. Harry Rimmer (quien había recaudado los fondos inicialmente para comprar el terreno del Albergue) fue muy respetado y amado en la comunidad cristiana de Filadelfia y por eso decidi- mos poner al hospital el nombre de Rimmer Memorial Hospital (Hospital en memoria del Dr. Rimmer) para honrar y reconocer a este gran cristiano y hombre humanitario; foto 6. La comunidad cristiana en Fi- ladelfia respondió en forma muy generosa y sus donaciones bastaron para empezar la construcción del hospital [1].


En ese mismo año contratamos los servicios de Pedro Bannwart, que antes había sido ingeniero con la com- pañía petrolera Shell en el Oriente. Él, que entonces vivía en Quito, se encargó de la construcción.


En 1953 también nos donaron una camioneta, que la modificamos en Toronto antes de llevarla al Ecuador, para que sirviera como ambulancia. En una ocasión, cuando ya funcionaba el Hospital Vozandes, tuve el privilegio de transportar en esta camioneta-ambulancia a la “nana” de don Galo Plaza Lasso, desde su finca en el Valle de los Chillos hasta el hospital.


De ahí en adelante yo viajaba a Filadelfia cada fe- brero para presentar por radio lo que necesitábamos para mantener el ritmo de la construcción. Y cada año quienes escuchaban el programa contribuían generosamente al proyecto, que podía avanzar sin tropiezos en Quito.


En 1954 hubo la ceremonia de la colocación de la piedra angular. En ese año “Morning Cheer” nos dio fondos para seguir con la edificación; foto 5. Durante la construcción hubo escasez de cemento, de modo que cada día había que hacer fila para conseguir


Foto 6. Harry Rimmer (1890 – 1952).


cien sacos de cemento. El cemento se mezclaba en un aparato muy pequeño, lo que nos obligaba a trabajar sin interrupción día y noche para poder fundir la losa. En algunas ocasiones Barbarita y yo íbamos a la construcción a medianoche para dar algo de comer a los obreros que trabajaban toda la noche.


En 1955 íbamos a requerir fondos para la compra de equipos y muebles hospitalarios. Con la ayuda de los doctores Fuller y Johnston y las enfermeras que estaban en Quito, preparamos una lista completa.


Una vez más me invitaron a hablar en “Morning Cheer” en febrero del mismo año. Unos ocho días antes del comienzo del programa fui a Nueva York. Buscaba en la guía telefónica las compa- ñías que podrían suplir nuestras necesidades. En cuatro días había decidido cual sería nuestra proveedora y ésta prometió tener todo listo y empacado para embarcarlo por vía marítima a Guayaquil. En esa época no había contenedores, así que tuvimos que poner todo en enormes cajas de madera.

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Pasé un mes de febrero sumamente ocupado. Hablando por radio por 72 ocasiones, predicando en iglesias los domingos y relatando acerca de nuestra misión y de la obra médica en cenas especiales organizadas para recaudar fondos. Con seguridad intervine en por lo menos 80 charlas durante aquel mes.


Cuando preparaba el presupuesto para los gastos del transporte marítimo, no tenía la menor idea del costo ni de cuán grande sería el embarque, de modo que puse la suma de dos mil quinientos dólares. Ese mes recaudamos sesenta y cinco mil dólares para los equipos y muebles, lo cual fue motivo de mucho gozo en la comunidad cristiana de Filadelfia.


En aquel entonces ningún hospital o clínica en Quito tenía ascensor. Si un paciente tenía que ir al segundo piso, había que transportarlo en camilla y subir las gradas con el paciente. Por eso, en el plano del Hospital Vozandes deja- mos espacio para un ascensor, en caso de que pudiéramos instalarlo en el futuro. Aconteció que el Dr. Palmer cumplió 65 años y decidimos recaudar fondos para el ascensor en su honor. Una compañía suiza ofreció instalar uno por la suma de diez mil dólares. Fue una felicidad enorme cuando recaudamos el dinero y la firma pudo instalar el ascensor, que fue el primero en un hospital en Quito.


La última semana de febrero de ese mismo año llamé a la compañía proveedora en Nueva York para averiguar si nuestro pedido estaba listo y empacado para la exportación.


Me dijeron que sí. ¿Cuánto era el peso total? Mi sorpresa y espanto fueron enormes cuando me respondieron: “Ciento veinte toneladas”. ¡Jamás había pensado que pesara tanto! Yo solo tenía dos mil quinientos dólares para cubrir el costo del embarque marítimo. La tarifa Nueva York-Guaya- quil era ochenta dólares por tonelada. Eso hacía un total de diez mil dólares, mucho más de lo que yo había pensado ¡Qué gran error! ¿Qué dirán mis amigos en Filadelfia? ¿Será posible pedir más donaciones? Avergonzado, oré a Dios y pedí que me guiase.


Durante mi estadía en Filadelfia, “Morning Cheer” pagó mi alojamiento en un hotel modesto en el centro de la ciudad. Allí tuve la oportunidad de conocer a un señor llamado George Reeves, que vivía en los alrededores de Filadelfia con su familia, pero pasaba los días de la semana laboral en el hotel Robert Morris. Era ejecutivo de la Grace Line Shipping Company, una de las compañías marí- timas más grandes de ese entonces y llevaba cargas entre las Américas. Sus buques también aceptaban unos pocos pasajeros, quizás no más de veinte, y se decía que dichos viajes eran muy agradables.


Cuando me encontré con George Reeves le pregunté si la Grace Line me podía vender un pasaje como pasajero y a la vez permitirme


Foto 7. La inauguración del Hospital Vozandes Quito (Rimmer Memorial Hospital) tuvo lugar el 12 de octubre de 1955.



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llevar los equipos para el hospital como equipaje personal acompañado. Se sorprendió un poco pero prometió averiguar con los directores de la Grace Line en Nueva York. Al día siguiente me dijo que ellos habían aceptado mi propuesta. Si yo compraba un pasaje podía llevar las ciento veinte toneladas como mi equipaje personal. El costo sería de cuarenta y cua- tro dólares por tonelada.


Esto era maravilloso, pero todavía costaba demasiado. Le hice otra pregunta: ¿No habría por casualidad un descuento para misioneros? Me prometió consultarlo otra vez con Nueva York. Le respondieron que los mi- sioneros tenían un descuento del 50%, es decir, veinte y dos dólares por tonelada. Así que el costo final del embarque fue casi el mismo que yo había pensado. No pude hacer más que dar gracias a Dios y todos dijimos: ¡Aleluya!


Para la construcción del hospital siempre tratamos de conseguir los mejores precios posibles. La baldosa de vinilo llegó desde Escocia. Los equipos eléctricos lle- garon de Holanda. El ascensor vino de Suiza. También conseguimos algunos equipos de Canadá, incluidas varias donaciones de hospitales en Toronto, especial- mente del Hospital for Sick Children (Hospital para Niños Enfermos). Pero la mayor parte de estos equipos y mobiliario fue donada por la Evangelical Medical Aid Society (EMAS, Sociedad Evangélica de Ayuda Médica), de la cual mi padre era el fundador principal. La EMAS tiene ahora importancia mundial por su obra caritativa [5].


El 12 de octubre de 1955 inauguramos el lindísimo y nuevo Rimmer Memorial Hospital (Hospital Vozandes Quito); foto 7. Cuando se inauguró, colocamos una placa a la entrada del hospital, en honor a Harry Rimmer. Espero que esta placa todavía permanezca en dicho lugar para cumplir con las promesas que hicimos durante la construcción, y para preservar este impor- tante nombre para el pueblo cristiano.


También colocamos otra placa que decía:

“Yo he oído tu oración y tu ruego que has hecho en mi presencia. Yo he santificado esta casa que tú has edificado, para poner mi nombre en ella para siempre; y en ella estarán mis ojos y mi corazón todos los días”.

(1 Reyes 9:3)


Estuvieron presentes en el acto el Dr. George Palmer y su esposa Rachel, la viuda del Dr. Harry Rimmer, los doctores Carlos Andrade Marín, Augusto Bonilla Barco, Aurelio Ordoñez, Guillermo Bossano Valdivieso y muchas otras personas y autoridades de la cuidad de Quito. La Banda Municipal de Quito ofreció su música y el Municipio de Quito nos confirió un premio al mejor edi-

ficio inaugurado en Quito en ese año, distinción que la compartimos con un edificio comercial.


Poco después solicité la membresía en la Ame- rican Hospital Asociation. Cumplimos con sus requisitos y el Hospital Vozandes fue el primer hospital del Ecuador en haber alcanzado ese honor. Dios estaba respondiendo a mis oraciones y haciendo verdadero mi sueño de un hospital de primera para servir a los que sufren y a los pobres, todo para la gloria de Dios.


Cuando el hospital fue inaugurado no tuvimos fondos suficientes para la compra de equipos de lavandería comercial. Empezamos con unas cinco máquinas lavadoras de casa, una pequeña secadora y una planchadora. Barbarita estuvo encargada de la lavandería e hizo una obra maravillosa con sus empleados en circunstancias bastante difíciles. Recién en febrero de 1956 pudimos recaudar fondos a través de “Morning Cheer” para la compra de una unidad comercial, poco usada, que nos sirvió por muchos años.


En la cocina instalamos una cocina comercial de Domogas, probablemente la primera de su clase en Quito. El jefe de la cocina era José Barragán, hombre excelente que sirvió fielmente al Señor preparando comidas saludables y apeti- tosas para los pacientes y el personal del Hospital Vozandes.


image Un servicio médico esmerado

Debo mencionar que el concepto de nues- tro hospital fue algo muy novedoso en Quito. Usualmente, los ricos acudían a clínicas privadas mientras que los pobres iban a uno de los dos hospitales del Estado: Eugenio Espejo o San Juan de Dios. Quienes gozaban de empleo y estaban cubiertos por el Seguro Social eran tratados en la Clínica del Seguro.


En el Hospital Vozandes insistíamos en que todos los pacientes, ricos o pobres, fueran atendidos con un servicio médico esmerado y de primera clase, cualquiera que fuera la atención médica, quirúrgica u obstétrica requerida. En poco tiempo el hospital fue reconocido en todo el Ecuador por la calidad de nuestro servicio, y por tratar a cada paciente con dignidad y compasión, refle- jando así el amor a Dios para con todos [1].


Cuando el hospital estaba ya en funcionamiento, decidimos empezar una reunión mensual para discutir los casos de mortalidad y morbilidad,

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Foto 8. Reunión mensual para discutir los casos de mortalidad y morbilidad. Fotografía de 1956.


actividad en la que el Hospital Vozandes fue pionero. Cada mes llegaban hasta sesenta médicos y cirujanos para analizar e intercambiar opiniones acerca de los diferen- tes casos clínicos, todo en un ambiente de cordialidad y respeto; foto 8. Cada asistente estaba en libertad de manifestar su opinión, siempre y cuando lo hiciera dentro de un marco ético. Mi esposa Barbarita solía preparar galletas para el refrigerio. Fueron ocasiones muy agradables para aprender y hacer nuevas amistades entre nuestros colegas médicos y mejorar el cuidado de nuestros pacientes.


También formamos un Comité Asesor. Fuimos miembros: el director de HCJB, médicos destacados como los doctores Carlos Andrade Marín, Augusto Bonilla Barco, Alfonso Cruz Orejuela, Aurelio Ordoñez, el prominente abogado Dr. Guillermo Bossano Valdivieso y yo. Nos reuníamos de vez en cuando y el grupo fue de muchísima ayuda para guiarnos en el manejo del nuevo hospital y en las relaciones públi- cas. Fueron amigos leales, muy sinceros y muy apreciados.


Con el transcurso de los años, llegaron más enfermeras misioneras, y cada una hizo una contribución muy impor- tante y efectiva. Muchos médicos especialistas de Quito fueron miembros asociados al hospital y podían ingresar a sus pacientes particulares o estaban en espera de ser llamados en casos difíciles entre los pobres [1]. A los pobres nunca se les cobró nada y fue un convenio muy satisfacto- rio y halagüeño para todos. También aceptamos recién graduados como residentes. Entre los primeros estuvieron los doctores David Cabezas, Colón Rivadeneira y Rubén Aulestia.

No voy a insistir en recordar los nombres de todos porque mi memoria falla. Cada residente fue escogido con sumo cuidado por su capacidad, su deseo de trabajar y su correcta interpretación de la misión del hospital, es decir demostrar el amor de Dios a todos los que acudan buscando nuestro cuidado ejemplar.


Mi esposa Barbarita trabajaba conmigo en mi consultorio médico dentro del hospital, pero también sirvió en otras actividades, incluida la la- vandería, la entrega de comidas a los pacientes y muchísimos otros deberes. Todo lo hacía con dedicación y amor y por ello recibió el reconoci- miento de los pacientes.


Muchos casos de interés llegaban al hospital. Una ocasión un niño del Oriente fue traído al hospital en la avioneta del Instituto Lingüístico de Verano. Un hueso de pescado que se le había atravesado en la faringe le fue removido ese mismo día por el Dr. Jorge De La Torre. Era sorprendente como la madre del niño insistía en dormir debajo de la cuna de su hijo.


En otra ocasión fue traída por avión una mujer que había caminado muy cerca del territorio de los Huaorani y tenía la punta de una lanza quebra- da incrustada en la espalda. Vino al hospital y el Dr. Augusto Bonilla la operó, sacando la pieza de Chonta que se había alojado entre las vértebras.



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Un día las misioneras que trabajaban en la co- munidad de Agato, cerca de Otavalo, nos enviaron una joven otavaleña que presentaba parálisis en las dos piernas, es decir, paraplejía. Después de exami- narla concluimos que se trataba de un absceso tuber- culoso en la columna (Mal de Pott). Yo ayudé al Dr. Guillermo Guerra Ricaute cuando la operó, haciendo una laminectomía. La chica fue curada con cirugía y tratamiento antituberculoso, y pudo caminar una vez más. Todavía conservo una foto de la paciente, María Andrango, caminando y sonriendo en la aldea de Agato.

En 1956 mi familia y yo regresamos a Canadá por un año. El Dr. Fuller quedó encargado del hospital como Director Médico. En ese entonces el Hos- pital Vozandes Shell no funcionaba todavía. Du- rante nuestra ausencia, hizo un contrato con un cirujano general, el Dr. Guillermo de Labastida.


Cuando volvimos a Quito en 1957 el Dr. de La- bastida hacía la mayor parte de la cirugía de las salas generales. No cobraba por sus servicios a los pobres, pero tenía el derecho de ingresar a sus propios pacientes privados y cobrarles en forma normal. Este acuerdo fue provechoso


Cuadro 3.

La Escuela de

Enfermería Palmer

Principalmente gracias a los esfuerzos del Dr. Everett Fuller y su esposa, la enfermera Elizabeth, se estableció en el Hospital Vozandes la Escuela de Enfermería Palmer en 1956 y poco después se inau- guraba la Escuela Nacional de Enfermería en Quito, cuyos planes no habíamos conocido. Así pues, nuestra Escuela de Enfermería resultó ser más adecuada para enfermeras practicantes. Un grupo grande de señoritas siguió nuestro curso y consiguió sus diplomas; foto 9.


La Escuela fue una gran idea que sirvió para preparar a muchas señoritas para servir a su prójimo. No recuerdo los nombres de todas las enfermeras que tomaron parte de este curso, pero una de las primeras directoras de la Escuela fue la señorita Betty Harkins, una persona muy dedicada y capaz.



Foto 9. Sesión docente en la Escuela de Enfermería Palmer.


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Foto 10. Imagen de la clínica original con el Hospital Vozandes Shell (Epp Memorial Hospital) al fondo, el cual fue completado en 1958.



para todos y la obra del hospital avanzó día a día. Yo le admiraba y veía atónito la manera en que se encargaba de las necesidades del hospital y de los pacientes. Yo quedé sumamente agradecido y admirado por su trabajo ejemplar.


Los años siguientes

Entre los años 1957-1960 seguíamos recaudando fondos por medio de “Morning Cheer” en Filadelfia. Una parte de estos fondos fueron asignados para cubrir los gastos de la aten- ción médica a los pobres; otra parte fue asignada para la construcción del edificio para la Escuela de Enfermería Pal- mer (cuadro 3); y otra parte para la compra del terreno al lado del hospital, para la Iglesia Evangélica Iñaquito. La mayor parte del dinero recaudado para la construcción de la iglesia fue conseguido por Jan Terry, una misionera muy amada y respetada que trabajaba día y noche para el bien de su prójimo.


En 1958 recibimos una donación anónima de Canadá y con ella construimos una casa de cuatro apartamentos para enfermeras. Fue una linda construcción para la cual utilizamos piedra pómez de Latacunga en las paredes y pisos. Esta casa sirvió muy bien hasta que fue demolida para proveer espacio para la ampliación asociada al Proyecto Vida.


Ese mismo año, Jan Terry, Barbarita, los pastores Luis Vásconez y Gustavo Molina y yo, empezamos una obra en Cotocollao. Comenzamos en una casa situada en la avenida 10 de


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Agosto, con reuniones los domingos y los miércoles por la noche. Llegó a ser un grupo dinámico y se transformó en la Iglesia Evangélica de Cotocollao.


El Dr. Fuller había conocido en 1950 a Nate Saint, un joven piloto misionero que trabajaba en la selva oriental del Ecuador y ambos compartían la necesidad de crear un hospital médico cerca de la Misión solidaria de Aviación en Shell Mera, cerca del Puyo. En 1958 se completó el Hospital Vosandes Shell; foto 10. Los fondos necesarios se obtuvieron en gran parte por donaciones de los oyentes del programa de radio “Back to the Bible” del Dr. Theodore Epp [6].


En 1959 surgieron algunos problemas con el manejo del Hospital, entre ellos la manera de cobrar a los pacientes pobres y menesterosos. Mi política había sido que nosotros tuviéramos la confianza en que Dios proveería para nuestras necesidades. En esos días cobrábamos veinte sucres diarios (USD 1.25) a los pacientes de las salas generales. Este costo incluía estadía, medi- cinas, sala de operaciones, etc. Éste era el costo diario total, siempre que el paciente pudiera pagar aún esa insignificante suma.


Por supuesto, no podíamos hacer esto con todo el mundo. El número de pacientes ingresados bajo estas condiciones quedo limitado por el número de camas disponibles en las salas ge- nerales. Los ingresos pagados por los pacientes privados y semi-privados ayudaban a cubrir los

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gastos incurridos en los tratamientos a los pobres. Había pacientes que podían pagar muy bien por su cuidado, entre ellos los miembros de la comu- nidad diplomática, comerciantes de otros países, etc. Incluso nosotros, los misioneros, teníamos pólizas de seguro y esas pólizas cubrían los gastos en moneda norteamericana. Todos estos ingresos fueron añadidos a la cuenta general del hospital para proveer un subsidio para los pobres [1].


Nunca negábamos el ingreso a un paciente pobre si había camas disponibles en las salas generales, pudiesen pagar o no. Dios bendijo esta política y la fama del hospital llegó hasta los rincones más lejanos del Ecuador.


Es cierto que al final de cada año los fondos del hospital faltaban, pero cada año nuestros amigos de Filadelfia y “Morning Cheer” nos donaban fondos sufi- cientes para cubrir esta falta por medio del programa de radio. Pero había personas en la Misión y en el hos- pital que no estaban de acuerdo con lo que yo venía haciendo e insistieron en crear un Fondo de Caridad para el tratamiento de los menesterosos. Yo no estaba de acuerdo, porque creía en la filosofía de George Muller acerca de su obra en el orfelinato en Inglaterra, que Dios proveería, y acontecía que siempre tenía- mos suficiente.

Epílogo

Cuando volvimos a Canadá en 1960 según nuestra rotación normal, llegó a ser evidente que nuestros planes para el Hospital Vozandes Quito no coincidían con los planes de HCJB. Entonces, con mucha pena y angustia presentamos nuestra renuncia a La Voz de los Andes en diciembre de 1960. Fue la decisión más difícil en nuestra vida, la cual tuvo que cambiar bruscamente; pero Dios es grande y fiel, y ha hecho posible que podamos mantener vínculos muy estrechos con el país y con el pueblo a quienes tanto amamos y respetamos.


En 1992 La Voz de los Andes me nombró Presiden- te Internacional del Proyecto Vida, el cual tuvo como finalidad modernizar y ampliar el Hospital Vozandes. Con ese fin se logró gestionar USD 4´200.000 y en septiembre de 1996 tuvo lugar la ceremonia de dedicación de los nuevos pa- bellones del hospital; foto 11. En 2005 tuvieron lu- gar las festividades por cumplirse los 50 años del hospital y fue muy grato revivir experiencias con varios amigos entrañables [2]. Actualmente sigue siendo uno de los mejores hospitales de la ciudad de Quito, con servicios especializados, actividades docentes y apoyo comunitario, habiendo exten- dido su cobertura poblacional a través de cinco centros de Medicina Familiar [7]: Vozandes La Y, Atucucho, Carapungo, Pifo y Villaflora; foto 12.


Foto 11. En 1996 se terminó el denominado “Proyecto vida” de ampliación del Hospital Vozandes Quito.


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Foto 12. Vista frontal del Centro de Medicina Familiar Vozandes “La Y”.


En todo este tiempo ha sido mi privilegio servir en Toronto como Cónsul ad honorem del Ecuador, durante ya más de veinte años: de 1967 a 1986 (cuando debí renunciar por el exceso de trabajo), siendo renombrado en 2002 y hasta la fecha. Fue un honor recibir en 1990 la Condecoración de la Orden Nacional “Al Mérito” en el grado de Comendador, por parte del Dr. Rodrigo Borja Cevallos, en ese entonces Presidente del Ecuador. Y fue una inmensa alegría cuando en 2002 el Dr. Gustavo Noboa Bejarano, me otorgó por Decre- to Presidencial, la nacionalidad ecuatoriana por naturali- zación. En noviembre del mismo año fui distinguido por el Hospital Vozandes con una placa especial agradeciéndo- me por la obra que pudimos hacer por la gracia de Dios, y comprometiendo “el mantenernos fieles a los principios bíblicos con los que fuimos creados como institución”.


Para terminar, quiero recordar los principios con los cuales fundamos el Hospital Vozandes Quito:

demostrar el amor de Dios para todos. Desea- mos adornar el Evangelio (Tito 2: 10), sirviendo al público con humildad, capacidad y respeto para todos, y todo para la gloria de Dios.

  1. Por todo lo que ha acontecido y se ha al- canzado, damos toda la gloria a Dios.


    Este ha sido un relato escrito con cariño y res- peto a mis colegas del Hospital Vozandes Qui- to, y en gratitud a Dios.


    1. Nos comprometemos a proveer el mejor cuidado médico posible, ha- ciéndolo disponible para todos, aun los más pobres, utilizando los ingresos que vienen de los que pueden pagar. Otros ingresos vendrán como donacio- nes de amigos interesados, siempre confiando en Dios.

    2. Colaboraremos en el entrenamiento de médicos jóvenes.

    3. Colaboraremos en el entrenamiento de enfermeras.

    4. La atención médica y todo lo que hacemos en el hospital servirá para


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“Me vienen a la mente los tiempos pasados y me pongo a pensar en todas tus acciones;

¡tengo muy presente todo lo que has hecho!” (Salmo 143:5)

Agradecimiento

A Silvana Morales (Departa- mento de Biblioteca, Hospital Vozandes Quito) por la trans- cripción del texto original que permitió la adaptación de contenidos; y, al Dr. Juan Carlos Maldonado (Depar- tamento de Docencia e In- vestigación, Hospital Vozan- des Quito) por la revisión y edición del manuscrito.

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Referencias




  1. Roberts PW. El comienzo del Ministerio Médico de HCJB. En: Hospital Vozandes Quito – 50 años (1955-2005). Quito: Edie- cuatorial; 2005: 47 – 74.


  2. HCJB Global. HCJB World Radio Hospital in Ecuador celebrates 50 years of servi- ce. [Homepage en Internet]. Colorado Springs: HCJB Global; 2012. [Disponible en: http://www.hcjb.org/hcjb-global-news/ latin-america/hcjb-world-radio-hospital- in-ecuador-celebrates-50-years-of- service.html].

  1. Archivo Vozandes. El Hospital Vozandes Quito, en fotos. Rev Med Vozandes 2012; 23: 40 – 42.


  2. Roberts PW. A clinical report of the use of penicillin in the treatment of 100 cases of pinta. Bol Oficina Sanit Panam 1953; 35 (5): 542-55.


  3. EMAS Canada. [Homepage en Internet]. Ontario-Canada: EMAS Canada; 2012. [Disponible en: http://www.emascanada. org/home.html].

6.


7.

HCJB Global. Medical Ministry. [Homepage en Internet]. Colorado Springs: HCJB Global; 2012. [Disponible en: http://www.hcjb.org/about/history/ medical-ministry.html].


Hospital Vozandes Quito. [Homepage en Internet]. Quito: Hospital Vozandes Quito; 2012. [Disponible en: http://www.hospitalvozandes.org/].

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